El retablo es, desde nuestro punto de vista, un elemento creado ex profeso para realzar un altar dignificando una función que ya venía asumiendo esa parte de la iglesia. Impregnado del sentido integrador que el barroco despliega, la policromía se extiende aunando parte de la yesería. El arco, las albanegas y las jambas terminan formando parte del núcleo policromado que divide la yesería y deja un pórtico exterior blanco encuadrando el retablo.


La adaptación al marco es tan determinante para su construcción, que es probable que ciertos desmembramientos se produjeran por un pequeño error durante el montaje definitivo[1]: dado que el marco que remata todo el retablo es la moldura de yeso que define el arco de yesería, no era posible sino recortar algunas partes del entallado para su montaje en el interior del nicho. Por esta razón las hornacinas han sido desprovistas de sus fondos, permitiendo el acople del entallado visible.
El retablo, adscrito al rococó, data de 1749. Ciertas características estilísticas entre las que nos llama la atención el uso de volutas de espirales elípticas y constructivas lo asemejan a otras dos obras conservadas en la iglesia. Tanto el Retablo de san Antonio como el Tabernáculo monumental, segregado del retablo mayor, son obras que junto al retablo de nuestro interés pertenecen al mismo taller.
En este caso, sirve de marco a una imagen ampliamente venerada en la época: La Virgen de la Soledad.
El culto a la Soledad, se extiende a través de una obra de Gaspar Becerra expuesta en el convento de la Victoria en Madrid. La talla reproducía el cuadro de La Soledad y Angustias de María, traído por la reina Isabel de Valois Orleans-Angulema a su llegada a la corte madrileña en 1560. La Orden de los Mínimos encargó a Gaspar Becerra la talla de candelero, hecha para ser vestida, para el convento de la Victoria. Pronto se extendió su devoción fuera de Madrid gracias a la difusión de grabados, estampas y copias pintadas. En 1837, tras la desamortización del convento de los Mínimos, la talla se trasladó a la Colegiata de San Isidro. Cien años después, en julio de 1936, a comienzos de la guerra civil española, la talla desaparece durante el incendio de la iglesia.
La imagen que nos ocupa reproduce con cierta fidelidad la figura del convento de la Victoria, ataviada con el atuendo de las viudas nobles de la época, coronada, desprovista de la ráfaga de platería, el basamento plateado, y los floreros a ambos lados. La talla se sitúa dentro de la hornacina de su retablo, que dispondría de cortinillas para cerrar la cámara.
Pese la importancia devocional de la Virgen de la Soledad, es el grupo de la Sagrada Familia de María el que destaca por su calidad artística. Es obra de pleno barroco, atribuida al vallisoletano Pedro de Ávila (1678-1755), interesante tanto por desarrollar un motivo iconográfico poco usual, como por el sentido de unidad que logra entre las figuras que forman la escena. La posición de los brazos nos guía por una composición triangular que, a diferencia del esquema compositivo tradicional, se invierte favoreciendo el movimiento las figuras.
Volviendo al entallado, se ha especulado con que una parte del material del retablo proceda de una obra anterior; pero no es exactamente así. Todo el retablo pertenece a un mismo taller y época, a excepción de las esculturas. Las partes de cerramiento que poseen un esgrafiado sobre plata pueden parecer más antiguas; pero lo cierto es que la plata, por su rápida oxidación, oscurece ofreciendo ese aspecto envejecido. Esa divergencia entre el nivel de degradación de las distintas partes del retablo, puede ser el origen de esa creencia.
La carpintería de adapta perfectamente al marco arquitectónico, aunando su estructura y reforzando el dominio del centro como eje de la composición. Nace sobre una bancada deprimida, casi un zócalo. En él destaca la portezuela del sagrario ribeteada por hojas de roble; a los extremos unas ménsulas pareadas se adelantan a los entrepaños tallados con motivos vegetales.
El cuerpo central es el de mayor importancia, y finaliza igualando su altura con la línea de impostas del arcosolio. En realidad, estamos ante una casa única, muy desarrollada, donde se sitúa la imagen titular. A los extremos la presencia de un estípite junto a una columna contiene el cuerpo en sus extremos. Emplea capiteles de orden compuesto y dos vueltas; una faja divide el fuste de la columna en donde se alternan numerosos motivos vegetales junto a cortinajes, una evolución barroca de los candelabros donde predomina una generosa éntasis. Los trasdoses, tremendamente ornamentados, junto a los movimientos de los elementos columnarios, contrastan con la sobriedad de los esgrafiados sobre plata, único motivo ornamental de la zona central de este cuerpo. La elegancia de los motivos fitomórficos y florales plateados contrastan con los fondos almagre y azul de los cerramientos. La exedra central sirve de cámara para la imagen de la Soledad. La guardamalleta es un añadido posterior, y de esa misma factura, aparece en otros retablos que conserva la iglesia de Santa María del Castillo.
En el ático observamos algunos elementos novedosos: las pilastras emplean una éntasis invertida, y utiliza la forma geminada para la terminación de la hornacina del tímpano. La macolla superior, fundiéndose entre los motivos heráldicos de las dovelas, opera como clave del arco de yesería.
[1] Es probable que los desencajes del entallado se produjeran tras realizar su dorado pues era usual que el retablo se montara en carpintería blanca por los entalladores hasta que un nuevo aprovisionamiento económico permitiera contratar su dorado.

