Este conjunto de pintura mural muestra las huellas de una época de florecimiento artístico y cultural, y como la guerra y los sucesivos cambios políticos y sociales relegaron al olvido la transformación que para la villa supuso el paso de la edad media al renacimiento.




La pintura de San Cristobal data de 1466. Esta ejecutada affresco, con retoques realizados mediante un temple graso; por lo que, para ser precisos, estamos ante un mezzo fresco.

El fresco recibe ese nombre al pintar mientras el mortero aún permanece húmedo o fresco. Nicolás Florentino, como conocemos en la península al pintor Niccolò Delli, dividió en secciones la superficie prevista para cada jornada de trabajo, giornata en italiano. La técnica fresquista ya la había utilizado durante la realización del Juicio Final de la catedral salmantina. La superposición de pinceladas al temple sobre el fresco forma un estrato pictórico rico en matices, con la saturación y la tonalidad precisa.
La escena muestra a san Cristóbal llevando sobre sus hombros a Jesús. El gigante, fatigado al transportar el peso del mundo entero y del Salvador, apoya su cuerpo sobre un varal, cuyo mástil se asemeja al tronco de una palmera del que brota en la parte superior, junto a los dátiles, la corona de hojas verdes .
Tras analizar su patología inicial, localizamos las lesiones y zonas frágiles de la capa de color, preparándonos para una acción rápida capaz de estabilizar el estrato pictórico.
Retiramos los morteros inadecuados aparecidos arrededor de la pintura, así como del zócalo, altamente degradados.
Continuamos saneando el perímetro de la pintura mural. Repusimos los bordes del perímetro; y a partir de este momento, alternamos distintos procedimientos para estabilizar los estratos de pintura original. También fue necesario asegurar la cementación de los sillares erosionados en la parte inferior del muro.
Para los morteros de restauración empleamos aglutinantes de cal aérea, alisados a bajo nivel, diferenciando las zonas restauradas de la superficie original.
Una vez logramos estabilizar la capa de color procedimos a realizar las pruebas para abordar la limpieza físico-química.
Tras finalizar uno de los procesos mas críticos del tratamiento, comenzamos su reintegración cromática. Empleamos tramados tipo rigatino, intentando diferenciar la intensidad entre la pintura original y las zonas de color repuestas.
En cuanto a las pinturas situadas en el muro sur del crucero, al comenzar observábamos un enjambre de líneas, texturas y colores. Podíamos intuir ciertas composiciones pictóricas, con distintas técnicas y cronología, compartiendo el espacio sin un programa iconográfico común. Era el resultado de numerosas catas de prospección entre las que sobresalían dos importantes restos figurativos situados en los extremos.



Tratamos de buscar la continuidad entre los aparejos, ampliando catas y descubriendo las superficies de época. Más que dedicarnos a descubrir nuevos motivos pictóricos, necesitábamos situar con claridad la sucesión de los tendidos para establecer un orden en el caos.
Todo el proceso teórico hubo que trasladarlo a la praxis durante una intervención enormemente compleja debido a la habilidad que requería la retirada de los estratos superpuestos, y la pericia para identificar restos originales. A cada paso había que detenerse a conservar las partes descubiertas, sustratos de mayor antigüedad altamente erosionados y con tendencia al desprendimiento e incluso a la disgregación.
Solo tras consolidar los niveles históricos del paramento, intervenimos en los sillares del zócalo y comenzamos la reposición de los morteros, diferenciando mediante su entonado la superficie para identificar los distintos momentos ornamentales visibles en el muro.
Los distintos restos de pintura recuperada, junto a distintos morteros de los siglos XVI al XVIII, completa las partes visibles de las figuras junto al texto fraccionado de la filacteria, situada sobre la escena del Santo Obispo.
Las pinturas del crucero

