Nos situamos ante un pequeño altar realizado ad hoc para la hornacina donde se exhibe. La imagen inicial del retablo, sesgada y deteriorada, terminó relegando su contenido a un segundo plano, despojado del centro de interés iconográfico y manteniendo el motivo pictórico como un mero fondo ornamental a una talla moderna.

El nicho debió de tener un uso distinto pues se cuidó la cantería de granito aplicando un policromado sencillo que observamos también en el intradós. La policromía es, en consecuencia, anterior a la colocación del retablo[1]. Una vez instalado el retablo las zonas visibles de la arcada y las pilastras recibieron un refresco de color siguiendo el modelo y tonalidad inicial.

Sabemos que el excepcional lienzo es anterior al retablo, y probablemente se exponía en la iglesia antes de formar parte del retablo. Su reutilización obligó a adaptar sus medidas a las actuales. Esto explicaría las huellas aparecidas en el reverso que revelan la sustitución del bastidor y el recorte en el perímetro el lienzo.

Detengámonos en el entallado donde las pérdidas del dorado eran muy llamativas: su grado de alteración debe mucho a la hechura y materiales empleados en su construcción.

  • En efecto, para la carpintería se empleó madera de pino sin un secado completo[2]. Esta falta de estabilidad causó un alto deterioro en el entallado. Ya en su situación debió de soportar goteras suficientes como para que el reverso de la madera presente numerosos halos de secado superpuestos.
  • Las tallas que reproducen las espiras de los roleos vegetales dejan numerosos calados debilitando el soporte. Una sección insuficiente y los movimientos higroscópicos de la madera favorecieron el desprendimiento de los remates de hojas de acanto.
  • En el dorado observamos ciertos dibujos filiformes incisos mediante buril[3]. Desde nuestro punto de vista se aplicaron como un complemento que reemplazaría la pérdida de los relieves dividiendo visualmente la superficie plana donde aparecen[4].
  • Para cerrar los huecos producidos por el alabeo se emplearon lienzos destinados a rellenar las uniones del entallado.

En los casetones del intradós superior, entre hojas de acantos en disposición cruciforme, se representan flores de girasol centradas en los paños. Este detalle podría ser una referencia iconográfica que acompañe al lienzo del Martirio de san Lorenzo: podríamos estar ante una evocación del alma del difunto por asociación con la simbología divina, pues el girasol, por su carácter heliotropo, constantemente mira hacia la luz solar.

Con la restauración tratamos de recuperar la imagen del altar, rescatando algunas piezas segregadas y retirando los añadidos modernos. También para recobrar la visión de la totalidad de la hornacina retiramos el frente de altar novecentista que ocultaba la moldura inferior de granito.

Sin duda fue la restauración del lienzo la que requirió un mayor esfuerzo por la singularidad de la pieza y su avanzado nivel de deterioro. Al iniciar el tratamiento, las pérdidas superaban el 30% de los motivos pictóricos y junto a la preparación roja o las lesiones del lienzo, se llegaba a anular la percepción de la escena. A esto había que añadir el estrato del barniz oxidado, mate y de tonalidad parda, que alteraba la gama cromática de los restos visibles. La búsqueda de una solución para una restauración lógica, sin crear un falso histórico, fue sin duda uno de los momentos críticos de nuestra intervención.

Los siguientes enlaces amplían la información técnica relativa al servicio


[1] Al retirar el retablo para su restauración, el día 5 de octubre de 2020, comprobamos como en la hornacina, el jambaje e intradós presentaban la misma policromía mientras el frontis se termina con un enlucido de yeso. En el frontis realizamos dos catas de prospección para comprobar la existencia de otros niveles ocultos bajo el enlucido. Solamente hemos localizado un estrato arcilloso, un mortero tradicional [barro, paja y posiblemente cal] alisado y acabado con blanco de cal.

[2] La madera debió estar largo tiempo expuesta al exterior por lo que el reverso presenta un llamativo desfibramiento superficial por acción de la luz solar, viento y lluvia. La climatología exterior desencadenó la la degradación de la lignina y con ello la descementación de las fibrillas de celulosa.

[3] Esto explicaría porque bajo el binomio preparación-dorado, las zonas planas muestran un residuo agrietado, cerúleo y consistente que no es sino cola de carpintero. Estas colas (poliproteína extraída de los huesos de equinos) estarían destinadas a la adhesión de piezas talladas. Tras su desprendimiento el adhesivo se cubrió con la preparación del dorado.

[4] También el retablo mayor presenta la misma problemática y solución. Pese a las diferencias estilísticas, los procesos de dorado se realizaron obviando la pérdida de numerosos elementos tallados. En efecto, la accesibilidad de los plafones de la parte inferior nos permite comparar y buscar las diferencias de un número de faltas que modifican trazados que en origen presentaban una simetría especular.